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Las melodías de Huarapal al norte del Perú

CATARATAS AÚN SE CONSERVAN PARA LA HUMANIDAD


A más de 30º C de temperatura, conviven mariposas multicolores, peces como el sabalillo en pozas naturales y entre los árboles destaca el gran ceibo celosamente protegido.

Internarse en un bosque no es una decisión rutinaria. Pero la ruta ya estaba propuesta. ¿Por qué proteger un bosque? ¿Quiénes viven allí? ¿Se puede vivir? Esta vez, el viaje fue desde Arequipa hasta Tumbes.

Llego al norte del Perú no sólo como periodista, sino esta vez como guardaparque voluntaria –quizá por única vez-. Sin más espera el Blgo. Jorge Leal Pinedo, coordinador del componente Proyecto Integral Araucaria XXI de la Reserva Biosfera del Noroeste, ya tenía un destino: el puesto de control de Angostura.

Desde la ciudad de Tumbes hasta este puesto de control, viajamos más de 45 minutos en camioneta. El camino es agreste. El mareo es soportable con una pastilla. He resistido baches y el vehículo pasó salpicando agua por riachuelos. Al final de una cuesta hemos llegado.

Me quedo sola. Espero a don Enrique Atoche, guardaparque oficial de Angostura. Mientras la camioneta parte, sólo escucho a aves como los chilalos, soñas y de pecho rojo fosforescente, putillas machos saltarines de rama en rama. Según el dicho popular tendré mucha suerte, por la presencia de las putillas. Al frente frondosos árboles me advierten que día a día habrá una nueva aventura.




Escucho llegar una moto. Es don Enrique. Nos saludamos y nos vamos hacia Huarapal. Aunque pudimos irnos a pie, el Sol nos acobarda y la moto empieza a correr sobre el paisaje pedregoso.

Nos alejamos 9 kilómetros del centro poblado de Angostura, perteneciente al caserío de Cabuyal, dentro del distrito de Pampas de Hospital de Tumbes. Estamos en un bosque seco pero siempre vivo hasta ahora por sus poderosas raíces que absorben agua de la profundidad de la tierra.

Los de arriba y los de abajo nos observan
El popurrí de aves pequeñas y grandes me distrae. Veo a chiclones, negrillos y urracas bullangueras. “Estas aves son mañosas. Te ven, hacen escándalo y se esconden”, me dice sonriente don Enrique. Iluminados tal vez por suerte vimos por segundos a un huanchaco, mamífero similar a una rata trepado en un algarrobo.

Árboles como el ceibo, polo polo, pasayo, angolo, higuerón, huachapelí, limoncillo, chahuano y barbasco por ejemplo se aprecian en el recorrido. Estas especies sobreviven por la protección de los guardaparques a cargo del SERNAP (Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegidas), que resulta insuficiente cuando el objetivo de manos negras es conseguir buena madera ilegalmente.

Ya sabemos cómo se monitorea un bosque. Se evalúa una hectárea por mes y se verifica el crecimiento de tres de cada especie, considerando desde la presencia de hojas hasta su fruto.

Nos restan quince minutos. Don Enrique frena la moto. Bajamos en un riachuelo donde pronto veo mariposas azules al tamaño de mi puño. Un poco más pequeñas se posan sobre unas piedras húmedas otras de color amarillo. Tienen sed como nosotros. Y junto a ellas cigüeñuelas de parada elegante.

Mojados y con agua chorreando por el cuello empezamos la caminata. Escucho un canto. ¡Es un grillo!, pero el guardapaque me corrige y me guía hasta su origen. Debajo de una roca que se rosa con el agua del cauce cristalino, hallamos un diminuto sapito de color verde encendido. Las hormigas herreras están ahí. Son más grandes de las que conozco, pero no me harán daño si no las enfurezco.

Empiezo a sentir una caída de agua y se asoman las cataratas de Huarapal. Don Bartolo Mauriola Cocha, poblador del lugar me había hablado del lugar. Hasta aquí llegan más de 40 turistas por semana. Las visitas no son para menos.

Las cataratas en plural es por sus dos niveles. Cada uno de dos a tres metros de altura con una profundidad de más de un metro. Este es el lugar ideal para bañarse al desnudo sin sonrojos, junto a los sabalillos y mojarras- peces que brillan como plata en esta agua bendita.

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