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Buscando sapos en Chiguata

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Habíamos emprendido una caminata de una hora y media desde Cachamarca, anexo de Chiguata. Teníamos que buscar entre los campos de cultivo de ajo, cebolla y alverjas, a los menos queridos: los sapos. Mientras recorríamos el camino rumbo a la plaza del distrito, la tierra, las piedras y los charcos de agua, nos decían una y otra vez que está vez no encontraríamos ni un sólo sapo. Los agricultores ya nos dijeron que sólo pueden verse de enero a marzo muy rara vez entre las chacras. Después es casi imposible. Estábamos en una buena temporada, pero seguíamos.

En consecuencia, llegamos al pueblo con los brazos casi caídos. Fue entonces que buscamos a Richard Benavente Benavente, ex presidente de la comisión de regantes del distrito. Uno de los pocos chiguateños netos, es decir nacido en el mismo lugar. Días antes ya habíamos hacho planes. Le contamos de nuestro fallido intento de ver sapos. Finalmente lo convencimos. Subimos a su camioneta y fuimos a su parcela, donde sembró cebolla hace tres semanas. Vimos su rostro de poca esperanza. Pero nosotros no dudamos que cumpliríamos nuestro deseo. Llegamos. Richard baja primero y entra a la parcela pisando el bordo. Lo seguimos. En medio del silencio grita: -Mire, allí está. ¡Qué suerte! Como tomando Sol sobre el bordo, un ejemplar se dejó ver. Tomamos fotos y pronto se escondió tras las hojas de la cebolla.

Era suficiente. Era la prueba que nos pidió el profesor y Blgo. Evaristo López Tejeda, de la Universidad Nacional de San Agustín, para saber qué especie era y sobre todo conocer las amenazas y por qué no es tan querido por estos lares. Aunque Richard nos aseguró que no los mata, es preocupante saber que existen creencias hasta estos tiempos que impulsa a los agricultores a matarlos.

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